La habitación está en total silencio tal y como están mis pensamientos en estos momentos. Lo único que se puede escuchar es el sonido del aparato que mide los latidos del corazón de Cori. Luego de eso… nada. Ni tan siquiera nuestra respiración. Es tan sofocante, tan pesado este silencio, tan suicida que me recuerda vagamente a mi habitación.
Cori está dormido. Tiene cables por todos lados, está pálido y tiene tubos que entran por su boca para ayudarlo a respirar. Un catéter en su mano izquierda y un pequeño y cuadrado aparatito con forma de clip en su mano derecha terminan de darle ese aspecto tan demacrado. ¿Cómo ha sucedido esto? Si ayer… ayer estaba bien, no se le notaba enfermo e incluso nos la pasamos jugando videojuegos. ¿Es esto una broma de mal gusto?
—Deberías de descansar un poco—me sugiere Kathy—. Ya casi son las tres de la madrugada y no has dormido nada.
He estado al lado de la cama de Cori, esperando, simplemente a la expectativa de que despierte, que abra sus ojos y poder ver esas pupilas verdes nuevamente… pero aun no sucede, y mientras no pase no pienso moverme.
Los padres de Cori están acá, con los ánimos tan decaídos como los míos. Karla está aquí, André, Kathy, mis padres… todos están en el hospital y nadie ha querido retirarse. Incluso Casey ha avisado que no tardará en venir con el hermano del padre de Cori. Y no es para menos… es de Cori de quien estoy hablando y quien está enfermo.
—Me quedaré aquí, no te preocupes—le digo con un inminente deseo de permanecer al lado de Cori—. Esto es lo menos que puedo hacer.
—Si no lo haces, incluso preocuparás a Cori, Sasha—me dice André que ha permanecido de pie por un largo rato, limitándose a observarme y a observar a Cori.
—Ve y descansa—me vuelve a sugerir Kathy—. Ve con Karla a descansar aunque sea al sofá en la sala de espera. Nos quedaremos con André aquí.
—Prefiero quedarme—se defiende Karla—. No estoy cansada.
André y Kathy nos miran un tanto preocupados, pero deciden ya no insistir más en el asunto. No es que tenga deseos de salir de acá, la verdad no quiero hacerlo. No en estos momentos en los que no sé que está pasando con Cori exactamente. Me preocupa demasiado como para poder apartarme de él por unos segundos, y es, seguramente por lo mismo, por lo cual Karla no se va a descansar también. La comprendo, puedo entender su tangible necesidad de percibir como el tiempo pasa con la esperanza de ver mejor a Cori, a sabiendas que es incierto el estado de salud de él.
—Iremos por un poco de café a la cafetería—nos dice Kathy, cogiendo a André por el brazo—. Así podremos soportar más el cansancio.
—No es necesario que se queden, chicos—les dice la señora Woller—. Si lo desea, pueden regresar a casa a descansar.
André niega con su cabeza y le dedica una sonrisa consoladora que para estos momentos es tan necesaria.
—No se preocupe Cecilia—le dice André—. Esto… esto nos concierne tanto a ellos como a nosotros.
Dicho esto, André y Kathy salen en busca del café y volvemos a quedar solo Karla, Cecilia—la madre de Cori—, el padre de Cori, Cori y yo en está silenciosa habitación. Mis padres están afuera hablando con los médicos en busca de una solución. Al ser genetistas tienen ciertas influencias sobre bancos de donantes para este tipo de situación y están viendo la posibilidad de poder conseguir lo más pronto posible el trasplante de medula que se necesita. Pero, esto, al igual que el caso de Emily, es una bomba de tiempo en la cual desconocemos el cronometro regresivo.
—Deberían hacerle caso a sus amigos—nos dice Henry, el padre de Cori—. Si no descansan apropiadamente pueden enfermarse.
—No se preocupe señor—nos excusa Karla—. Tenemos un buen aguante. Esto no es nada comparado con las tantas veces que nos hemos quedado despiertos los tres, tonteando y viendo películas.
Henry sonríe y puedo notar en su gesto cierto aire de satisfacción por las palabras de Karla. Creo no equivocarme al decir que esa satisfacción surge del hecho de que estamos aquí por iniciativa propia, una iniciativa alimentada por Cori, y que eso, en gran medida, le hace notar al padre de Cori que su hijo no está rodeado de cualquier tipo de amigos, sino, de nosotros. Puede también que me equivoque en cuanto al gesto de Henry, pero cabe la posibilidad que esté en lo correcto al afirmar esto. Más sin embargo, este gesto por su parte no lo excusa de muchas cosas que tengo para reclamarle. Aun hay demasiado que debe de tragarse a la fuerza, aun hay mucho que tengo que echarle en cara respecto a su actitud para con Cori. No es el momento, pero un día lo será, y será entonces cuando pueda decirle lo tanto que lo detesto. Lastimar a Cori… de esa manera en la que lo hizo… no, por mas que lo intente no puedo perdonarlo, me es imposible. Aun tengo bien claras aquellas imágenes en las que visualizo a Cori lleno de golpes y llorando, quejándose de su vida y deseando no tener que haber nacido. Aun no se me olvida esa sensación tan hiriente del llanto de Cori, esa sensación de tener entre mis brazos el cuerpo de Cori que se contrae en cada sollozo, es esa misma sensación la que ahora me recuerda que tengo tantas descaradas acusaciones que debo de hacerle a Henry por esa tan bestial conducta que tuvo, y no estaré tranquilo hasta que sepa lo que pienso al respecto.
—Si desea, Cecilia, puede ir a descansar—musito, tratando de aminorarle un poco una carga que sé que es mas grande de lo que aparenta y de la que puede cargar en estos momentos. Se trata de su hijo y no es para menos—. Karla y yo nos quedaremos acá hasta que vuelvan.
Ella niega con su cabeza y con una mirada tan devastada por la situación me hace comprender que ella, al igual que nosotros, desea permanecer lo mas que pueda junto a Cori. Sé que no puedo comprender en su totalidad la manera en la que la madre de Cori se siente en estos momentos, pero pasar nuevamente por lo mismo ha de ser lo más doloroso que seguramente ha podido sucederle. Primero su hija menor, y ahora, Cori, que es el único hijo que le queda.
Emily… Emily era una niña dulce. Siempre traía consigo un aura de luz que desbordaba en alegría y felicidad que te contagiaba. Era ella, siempre era ella por quien nos preocupábamos, y nos encantaba hacerlo, era ella por quien ahorrábamos el suficiente dinero para ir a comer hasta vomitar, era por ella que a pesar de haber dejado la etapa de la niñez hacia unos cuantos años aun seguíamos divirtiéndonos con cosas de niños…y nos encantaba.
Un día esa luz… se apagó.
Fue un golpe duro para todos, en especial para Cori. Amaba tanto a Emily. Ella era el objeto de su incondicional amor. Era ese afecto de hermano mayor que Cori le demostraba con tanto fervor hacia Emily, ese cariño tan desbordante que pudimos percibir tantas veces cada vez que hablaba con ella, cada vez que la cuidaba, cada vez que la mimaba… ese mismo afecto que no se podrá encontrar en otra persona, un día, tuvo que cesar a causa de una enfermedad de lo mas cruel. “Que injusta es la vida”—pensé en aquel día en el que sepultaron a Emily. Lastimosamente… esa afirmación aun la sostengo, pero con la diferencia que ahora puedo decir que es solo a veces.
Ver a Cori así, tan indefenso e incapaz de valerse por si mismo hace que muy en mis adentros me sienta un tanto vacío, como si una de esas partes que siempre tuve faltara en estos momentos. Pero Cori sigue aquí, y sé que no es eso lo que me falta, sino tal vez es ese valor que siempre infundió él en mí. Esa sensación de seguridad que siempre me proporciono siempre que estuvo a mi lado. Pero debo de comprender que es él quien ahora necesita de mí para sentirse de esa manera y trato, lo mejor que puedo, intentando traspasar mis propios limites, de darle ese mismo sentimiento que él tantas veces me transmitió. Es solo que tengo aun el leve reclamo de mi conciencia que me dice que no lo estoy haciendo bien. Pero entonces ¿Cómo debería de hacerlo? Posiblemente solo sean desvarío míos, aun así, necesito que él lo sienta, tal y como yo lo sentí alguna vez y que sepa que de la misma manera en que él me cuido, de esa misma manera pienso yo hacerlo.
Mis padres han regresado, y tal parece que tienen noticias al respecto. Mi padre, justo al atravesar la puerta y verme sentado junto a Cori, me dirige una mirada de compasión. Me sonríe. Sé que con este gesto solo trata de decirme que todo estará bien, pero también sé que puede que él esté equivocado. Mi madre se acerca y le murmura unas cosas a los padres de Cori al oído. Ellos se ponen de pie, se acercan a la cama donde Cori se encuentra descansando, y, vacilando, su padre besa su frente mientras que su madre su mano. El rostro lleno de cansancio de Henry, oculta tras esas ojeras, un dolor que es tangible para cualquiera. Sin mencionar esa sensación de vacío y remordimiento que transmite Cecilia, la madre de Cori, cada vez que la miramos a los ojos. Ambos están devastados.
—Por favor—musita Cecilia—cuida de Cori.
Ella me mira fijamente por unos segundos y puedo notar como intenta retener por la fuerza unas lágrimas que justo antes que asomen por entre sus parpados, las enjuga, haciendo parecer como si aun puede ella mantenerse fuerte. Me limito a asentir, y estoy a punto de ponerme de pie y abrazar a Cecilia, y de decirle cuanto comprendo su dolor, decirle que puede desahogarse y llorar y que es lo que mejor debería hacer. Retener esto consigo misma solo la pondrá más mal. Pero no soy quien para hacerle tal sugerencia, pues en mis adentros, al igual que ella, estoy reprimiendo tantas cosas que de un momento a otro puedo explotar y desmoronarme en miles de fragmentos. Seguramente ella ha notado la misma preocupación en mí, y extiende su mano para acariciar mi mejilla que seguramente están pálidas por el desvelo. Luego de esto…ellos se retiran, siguiendo al doctor que de la puerta solo se ha limitado a observar la escena que lejos de ser conmovedora solo termina haciéndonos sentir más impotentes por no poder hacer nada.
—Hago todo lo que puedo, hijo—me susurra mi madre al oído, dándome un abrazo justo antes de retirarse—. Esto tampoco es fácil para mí.
—No quiero perder a Cori, mamá—mascullo entre un sollozo ahogado—. No quiero…
Ella se separa, y luego de una lastimera mirada, se dirige a Karla a quien abraza sin contenerse y le dice unas cosas susurradas al oído que no alcanzo a escuchar. Mi atención está tan fija en Cori que lo demás me importa poco. Nos dirige, a los tres, una ultima mirada y se retira, sin poder alentarme o alentar a Karla más. Comprendo por qué no lo hace. Decirnos que eso no sucederá, que Cori mejorará, posiblemente solo logre establecer una mentira, una mentira que hasta el momento, en el fondo de mi alma, anhelo que no se vuelva verdad. Solo quiero que Cori se recupere.
Siempre he pensado que soy una ser muy injusto. Desde que conocí a Karla, desde que conocí a Cori, desde que los tengo a ambos no he hecho más que rogarle a Dios porque los mantenga a mi lado, porque cuide de ellos, porque sean felices. Desconozco la verdad si Dios me escucha, pero me gusta creer que lo hace. No soy una persona religiosa, pero eso no significa que en mis adentros no crea en ese ser tan divino que, a mi ver, resguarda en si el futuro que me depara. Dios. Una palabra, un nombre, un adjetivo… no lo sé. Dios solo es Dios, y con eso me basta para decir que a mis ojos Él existe…aunque no pueda verlo. Y es con Él con quien siento que soy injusto. Por cada cosa que le pido le ofrezco una a cambio, y de cualquier manera, las cosas llegan, y le agradezco por ello. Luego de eso solo me limito a hablar con Dios, sin ofrecerle más que mis palabras y una disposición para entablar ese monologo en el que yo hablo y Él se limita a escucharme. Sin embargo, en ese monologo en el que extrañamente nunca me he sentido solo, me he puesto a pensar detenidamente en contadas ocasiones, que solo recurro a Dios en casos en los que le necesito, mientras que Él, a mi parecer, me entrega de manera incondicional la felicidad que anhelo sin necesidad de que se la pida. Es entonces cuando me hago la pregunta: ¿Por qué Dios me da algo, sin antes haberle ofrecido yo algo a cambio? Esa pregunta tan banal ha surcado mi mente desde que tengo uso de razón y aun no he podido responderla. ¿Por qué no puedo ofrecerle a él yo, algo valioso, sin pedirle nada a cambio?—Me he preguntado a mi mismo tantas veces que ya perdí la cuenta. Lo único que he podido concluir en ambas preguntas es que Dios no es bueno, ni malo, simplemente es justo. Sin embargo, eso no responde a mis interrogantes. De ahí mi concepción injusta sobre mi.
Tal vez el ateísmo sea una solución a mis dudas. Sin embargo no me concibo como tal. Tengo mis serias dudas sobre el ateísmo. Pero, respecto a aquellas personas que han adoptado la posición atea, y que no creen en nada, sepan que tengo una opinión al respecto, y es que a mis ojos, los ateos no existen. Pido las más sinceras disculpas si alguna vez ofenderé a alguien por esto, pero creo que la palabra ateo está mal definida en el diccionario y mal explicada. Sin embargo, no puedo contradecirles respecto a su posición de la no creencia en Dios, o en cualquier otra deidad, incluso la negación de que existe, pues no soy nadie para comprobarles que el Dios en quien yo creo existe realmente, ni tengo pruebas mas que la propia confianza que tengo en mi mismo de que ese Dios en el que creo realmente tiene cabida en esta realidad. Y eso no es suficiente, no para muchos. Pero creo conveniente mencionar que lo mas correcto en estos casos es decir que es suficiente para mi, así como es suficiente para los demás con la explicación que tienen para si mismos sobre sus creencias. Dejaré esto así, no pienso pensar más de lo que debo, pues los excesos nunca han traído nada bueno. Cada quien con su opinión y habrá que ser respetada. Al fin y al cabo fuimos dotados—ya sea por evolución o por creación divina—de un cerebro y una boca para pensar y decir nuestras ideas, pero hay que educar esos instrumentos y utilizarlos con moderación.
¡Bah! Qué más da, al fin y al cabo solo soy un chico de 17 años… nadie grande ni importante a considerar. Todo dependerá de quien quiera escuchar mis vulgares pensamientos.
El teléfono móvil de Karla suena, con ese típico tono de las voces nuestras—la de Cori, la de Karla y la mía—anunciando que está recibiendo una llamada. Hace ya un buen tiempo que grabamos ese sonido un día de tantos que no teníamos que hacer, y hasta ahora, ha perdurado como el tono de llamada del celular de Karla.
—Es mi madre—anuncia ella, sin muchos ánimos de contestar—.
—Deberías responderle. Se preocupará si no lo haces—le sugiero.
Ella duda por unos segundos, pero luego de que el tono se repite por tercera vez, decide salir de la habitación y responder, quedándonos únicamente Cori y yo en la habitación.
Otra vez silencio.
Este silencio… duele.
Las manos de Cori están un poco pálidas. Me pongo de pie y me siento en el borde de la camilla donde Cori se encuentra, levanto mis manos y sin pensarlo dos veces cojo su mano, entrelazando mis dedos con los de él. Siguen suaves, y levemente puedo sentir su pulso hacer presencia en mi muñeca. Un leve suspiro, casi como un quejido, logra advertirme que Cori está despertando. Puedo sentir como, Cori, vacilante, aprieta mi mano y reacomoda sus dedos por entre los míos. Se siente tan…de Cori.
Levanto la mirada y, ahí, justo por encima de su mentón, logro ver la otra mano de Cori que despega un esparadrapo que sostiene el tubo que entra en su boca para ayudarle a respirar. ¿Qué… ¡qué hace!?
—¡Déjalo ahí, Cori!—le exclamo con preocupación.
El niega con la cabeza, frunciendo su ceño y soltando otro quejido. Sin mucho esfuerzo termina de despegar el esparadrapo y saca un tubo de algunos ocho o diez centímetros de su boca, provocándole arcadas. Tose y vuelve a recostarse.
—¿Pero qué haces?—le reclamo con el mismo tono preocupado—. Estás mal, no debes quitarte nada de esto. ¡Puedes empeorar!
Se queda en silencio por unos segundos más, recostado y con los ojos cerrados. Su mano, que comienza a ponerse tibia, aprieta con un poco más de fuerza la mía. Aun sigue pálido.
—Sigues débil, Cori. Llamaré a la enfermera para que te coloque ese tubo.
Me pongo de pie, pero justo al querer soltar su mano, él me detiene, y esta vez no es como las anteriores. No, esta vez es por la fuerza, haciendo que vuelva a sentarme a su lado. Curiosamente…sigue siendo igual de delicado con cada gesto.
—Déjalo—me dice con un hilo de voz bastante tenue—no lo necesito.
—A mi no me lo parece.
—Si te digo que no lo necesito—me reta, con un tono de voz un poco más fuerte, pero sin dejar de ser débil— es porque no lo necesito.
—No estoy para tonterías. Iré por la enfermera.
Intento nuevamente soltarme pero él vuelve a retenerme. ¿Qué pretende? ¿A caso no se da cuenta que su vida peligra?
—Si te vas voy a morir, Sasha—musita con exhalación—. ¿Quieres que muera?
—¿Pero qué dices Cori? ¡Por supuesto que no quiero que mueras! Pero si sigues así…si sigues de esta manera… tú…
—Solo quédate—vuelve a susurrar, con un sollozo débil, halándome contra si, envolviéndome con sus brazos y recostándonos a ambos nuevamente en la camilla—.
Todo vuelve a quedar en silencio. Pero este silencio es distinto. Ya no es tan hiriente.
Puedo sentir como el pecho de Cori sube y baja, con parsimonia. Entre cada respiración que puedo percibir a la perfección se dejan escuchar los latidos de su corazón. El abrazo se siente cálido. Se siente tan acogedor. Abrazar a Cori… amo hacerlo.
Ahora es mi turno. No puede siempre ser así, no debe de ser siempre de la misma manera. ¿Por qué siempre es Cori quien toma la iniciativa? ¿Por qué no yo? Lo amo tanto, pero hasta ahora he sido incapaz de exteriorizarlo tan fluidamente como él lo hace. No me voy a retener, no ahora, no más.
Sin detenerme a pensar en lo que pueda pensar Cori, sin detenerme a pensar en lo que pueda pensar quien sea que en cualquier momento se le ocurra cruzar esta puerta y sin prejuicio alguno, lo abrazo. Extiendo mis brazos y los paso bajo su nuca, levantando su cabeza y su torso, trayéndolo contra mi pecho y presionándolo contra mi cuerpo sin ser muy brusco. La cabeza de Cori queda justa a la altura de mis clavículas. El cabello de Cori es tan suave. Puedo sentir su aliento rozar la piel que sobresale por el cuello de mi camisa, todo en una etérea sensación de perfección.
Respiro y exhalo con lentitud, reteniendo este momento lo más que puedo.
Así que de esta manera se siente. Es de esta manera como Cori siempre se sintió cada vez que lo hacía. Es una sensación de ser lo único que protege a lo más importante en tu vida de cualquier cosa que pueda dañarlo. Es una sensación de calidez que puedes transmitir pero que también puedes recibir. Se siente como si tu alrededor dejase de existir y te enfocaras solo en lo que tus brazos envuelven. Dentro de mi se acumulan un mar de emociones que tratan de impulsarme a hacer una infinidad de cosas, cosas como mantener a Cori entre mis brazos, cosas como sentir el olor de su piel, de su cabello, sentir los latidos de su corazón, querer mirarlo a los ojos, besarlo, cosas como querer retener este momento en un espacio de tiempo detenido, cosas como el deseo latente de susurrarle al oído que lo amo, cosa que no me hago esperar y se lo repito tantas veces como el aliento me alcanza.
—Te amo, Cori—le susurro al oído—te amo como jamás he amado a nadie.
Con lentitud y cierta timidez que por primera vez puedo percibir, él alza sus brazos y se aferra a mi espalda.
—Tengo miedo, Sasha—murmura entre sollozos.
—No temas Cori, todo estará bien—trato de consolarle, haciendo un enorme esfuerzo por mantener mi voz en una pieza y que no se venga abajo en sollozos.
—No, Sasha, no estará bien—me dice con la voz quebradiza—. No sucederá, no pasará nunca.
—¿Cómo puede decir eso?—le digo abrazándolo con más fuerza. Los ojos han comenzado a arderme—. Mejorarás. Saldrás de aquí y podremos regresar a esa vida normal que tanto nos gusta.
Nos quedamos en silencio por un rato, yo ensimismado en mis pensamientos, y Cori… Cori como siempre, desconozco lo que piensa. ¿Por qué me comienzo a sentir inseguro a estas alturas? ¿Por qué no desde un principio que Cori me hizo saber lo de su enfermedad? ¿Es que acaso teníamos que llegar a esto?
—Te amo, Sasha—musita finalmente. Su voz se ha convertido en un llanto que trata de ahogar lo más que puede—. Amo tu voz, amo tu mirada, tus palabras, tu manera de ser, tu manera de pensar… amo todo de ti. Dejar esto… es lo último que quiero.
—Te amo más de lo que puedes imaginarte—le susurro ahora entre espasmos que esconden mis sollozos.
El cuerpo de Cori tiembla, puedo sentir su abdomen contraerse entre cada sollozo cargado de lagrimas que han comenzado a empapar mi pecho.
—No quiero morir, Sasha, tengo miedo. No quiero dejar todo lo que amo.
Morir. Esta palabra hace eco en mi débil carácter provocando que de un momento a otro me desmorone en un llanto que no puedo contener más. Las lágrimas han comenzado a rodar por mis mejillas y los espasmos de mi cuerpo hacen presencia por mis sollozos.
—No pasará, Cori, no pasará. No puede pasar… no debe de pasar—mascullo entre mi quebrado aliento por el llanto—. Eres todo lo que tengo, y todo lo que eres…todo lo que tú eres es todo lo que siempre necesité, y amo lo que eres, amo como eres, amo cada cosa de ti.
Otro silencio, un silencio en el que solo puedo escuchar los exhalantes sonidos del llanto de Cori que aun sigue tratando de contener.
Beso la frente de Cori, tal y como él suele hacerlo cuando trata de calmarme. Intento en la mayor manera posible de transmitirle el apoyo que necesita. Necesito que lo sienta…
—¿Qué hice yo, Sasha?—musita finalmente—¿A caso soy una mala persona?
—No Cori, no lo eres.
—¿Emily era una mala persona, Sasha?—inquiere con una voz entrecortada por sus sollozos.
—No, Cori, Emily… Emily era una buena niña.
—Entonces… ¿Por qué nos ha sucedido esto?—reclama con un hilo de voz lleno de culpabilidad. Una culpabilidad que no distingo si se la atribuye así mismo o a alguien más.
—No lo sé, Cori, no lo sé—le respondo, quedándome yo con la misma interrogante, una interrogante que hace tiempo estoy tratando de responder. Me siento tan impotente por no poder ayudarle aunque sea en eso.
Me separo un poco de Cori y lo miro fijamente a los ojos, colocando mi frente contra la suya, manteniéndonos en un dialogo visual en el que sus empapados ojos hablan y me transmiten un miedo tangible que penetra cada poro de mi cuerpo y lo estremece.
—Vamos a estar bien Cori—le susurro sin dejar de mirar sus verdes ojos—.
Vacilante, y con lentitud, con mis mejillas ruborizadas y con el rostro sonrojado de Cori, dejo salir un beso que necesitaba sacar. Un beso que no llega a los excesos pero que tampoco es simplón. Puedo sentir los labios tibios de Cori entrelazarse con los míos, puedo sentir su suavidad y su aliento que me envuelve y momentáneamente me llena de paz. Siento como si mi tiempo se detuviese, como si todo lo demás no importase.
Con delicadeza, trato de prolongar este beso lo más que puedo, intentando retener conmigo lo más que puedo de Cori. Él me rodea con sus brazos, colocándolos tras mi nuca y tomando mi cabeza por detrás, atrayéndome mas contra él como quien intenta que aquello se mantenga así. No me niego y hago caso omiso al invasivo pensamiento de que alguien puede entrar y vernos. No me importa, ya a estas alturas el amor que siento por Cori es más grande que cualquier reclamo que alguien pueda darme por ello.
—De amor nadie vive, Sasha—murmura, separando sus labios de los míos con una lentitud palpable, como si no quisiera detenerse—. Pero contigo… contigo podría vivir de lo imposible.
Sonrío. Una leve sonrisa que extrañamente no es fingida, sino mas bien, cargada de una felicidad desmesurada que brota por sus palabras. Siempre es Cori, siempre él, todo lo que él es, todo lo que él hace, todo lo que él dice… es felicidad para mí.