Un cajón de sastre al azar

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Imagen de Anita Smith en Pixabay
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martes, octubre 25, 2011

El horror oculto de H. P. Lovecraft.



Este cuento es terrorífico, que raya lo grotesco y lo peor es imaginarse las escenas...

¡Disfruten!


El horror oculto.
The lurking fear, H.P. Lovecraft (1890-1937)

I. La sombra en la chimenea

Los truenos estremecían el aire la noche que fui a la mansión deshabitada, en lo alto de la Montaña de las Tempestades, a buscar el horror oculto. No iba solo, porque la temeridad no formaba parte entonces de ese amor a lo grotesco y lo terrible que ha adoptado por carrera la búsqueda de horrores extraños en la litera tura y en la vida. Venían conmigo dos hombres fieles y musculosos a quienes había mandado llamar cuando llegó el momento; hombres que desde hacía mucho tiempo me acompañaban en mis horribles exploracio nes por sus aptitudes singulares. Salimos del pueblo secretamente a fin de evitar a los periodistas que aún quedaban, después del tremendo pánico del mes anterior: la muerte solapada y pesadi llesca. Más tarde, pensé, podrían ayudarme; pero en ese momento no les quería a mi alrededor. Ojalá me hubiese impulsado Dios a dejarles compartir esa bús queda conmigo, para no haber tenido que soportar solo el secreto tanto tiempo, por temor a que el mundo me creyese loco, o enloqueciese todo él ante las demonia cas implicaciones del caso. Ahora que me he decidido a contarlo, no sea que el rumiarlo en silencio me con vierta en un maníaco, quisiera no haberlo ocultado ja más. Porque yo, sólo yo, sé qué clase de horror se ocultaba en esa montaña espectral y desolada.

Recorrimos en un pequeño automóvil millas de montes y bosques primordiales, hasta que nos detuvo la boscosa ladera. El campo tenía un aspecto más sinies tro de lo habitual, de noche y sin la acostumbrada mul titud de investigadores, así que a menudo nos sentía mos tentados de utilizar las lámparas de acetileno, pese a que podían llamar la atención. No resultaba un pai saje saludable a oscuras; creo que habría notado su morbosidad aun cuando hubiese ignorado el terror que allí acechaba. No había animales salvajes: son pruden tes cuando la muerte anda cerca. Los viejos arboles marcados por los rayos parecían anormalmente grandes y retorcidos, y prodigiosamente espeso y febril el resto de la vegetación, mientras que unos extraños montícu los y pequeñas elevaciones en tierra cubierta de maleza y fulgurita me hacían pensar en serpientes y cráneos humanos hinchados y de proporciones gigantescas. El horror había estado oculto en la Montaña de las Tem pestades durante mal de un siglo. De esto me enteré en seguida por las noticias de los periódicos sobre la catástrofe que había hecho que el mundo se fijara en esta región. Se trata de una remota y solitaria elevación de esa parte de Catskills donde la civilización holan desa penetró débil y transitoriamente en otro tiempo, dejando al retroceder unas cuantas mansiones ruinosas y una población degenerada de colonos advenedizos que crearon míseras aldeas en las aisladas laderas. Ra ramente era visitada esta zona por la gente normal, hasta que se constituyó la policía estatal; y aún ahora la policía montada se limita a pasar de tarde en tarde. El horror, sin embargo, goza de antigua tradición en todos los pueblos vecinos; y es el principal tema de conversa ción en las tertulias de los pobres mestizos que a veces abandonan sus valles para ir a cambiar sus cestos arte sanales por artículos de primera necesidad, ya que no pueden cazar, criar ganado ni cultivar la tierra.

El horror oculto moraba en la desierta y apartada mansión Martense, la cual coronaba la elevada pero gradual eminencia cuya propensión a las frecuentes tormentas le valió el nombre de Montaña de las Tem pestades. Pues durante un centenar de años, la antigua casa de piedra, rodeada de árboles, había sido tema de historias increiblemente descabelladas y monstruosa mente horrendas; historias sobre una muerte sigilosa, solapada, colosal que emergía al exterior en verano. Con gimoteante insistencia, los colonos advenedizos contaban historias sobre un demonio que cogía a los caminantes solitarios, después del anochecer, y se los llevaba o los abandonaba en un espantoso estado de semidevorado desmembramiento, mientras que otras veces hablaban de rastros de sangre que conducían a la lejana mansión. Algunos decían que los truenos saca ban al horror oculto de su morada, y otros que el trueno era su voz Fuera de esta apartada región, nadie creía en estas consejas contradictorias y dispares, con sus incoherentes y extravagantes descripciones de un demonio vislumbrado; sin embargo, ningún campesino ni aldeano dudaba que la mansión Martense daba co bijo a una macabra entidad. La historia local impedía semejante duda; sin embargo, cuando corría entre los aldeanos algún rumor especialmente dramático, los que iban a inspeccionar el edificio no encontraban nunca nada. Las abuelas contaban extrañas consejas sobre el espectro Martense; consejas concernientes a la propia familia Martense, a la extraña disimilitud hereditaria de sus ojos, a sus monstruosos y antiguos anales, y al ase sinato que había ocasionado su maldición.

El terror que me había llevado a mí al lugar era la súbita y portentosa confirmación de las leyendas más delirantes de los montañeses. Una noche de verano, tras una tormenta de una violencia sin precedentes, la comarca se despertó con una desbandada de colonos advenedizos que ninguna ilusión podría haber origi nado. La horda miserable de nativos chillaba y contaba gimoteando que un horror indescriptible se había aba tido sobre ellos, cosa que nadie puso en duda. No lo habían visto, pero habían oído tales alaridos en una de las aldeas, que inmediatamente supieron que la muerte reptante la había visitado. Por la mañana, los ciudadanos y la policía estatal siguieron a los sobrecogidos montañeses al lugar que, según decian, había visitado la muerte. Y en efecto, la muerte estaba allí. El terreno en el que se asentaba uno de los poblados de colonos se había hundido a conse cuencia de un rayo, destruyendo varias de las chozas malolientes; pero a este daño comprensible se super ponia una devastación orgánica que lo volvía insignifi cante. De unos setenta y cinco nativos que poblaban el lugar, no encontraron ni a uno solo con vida. La tierra revuelta estaba cubierta de sangre y de piltrafas huma nas que revelaban con demasiada elocuencia los estra gos de unas garras y unos dientes infernales; sin em bargo, ningún rastro visible se alejaba del lugar de la carnicería. Todo el mundo convino en seguida en que había sido ocasionada por alguna best:ia feroz; a nadie se le ocurrió resucitar la acusación de que tales muertes misteriosas no eran sino sórdidos asesinatos habituales en las comunidades decadentes. Sólo cuando descu brieron la ausencia entre los muertos de unas veintio cho personas renació tal acusación; y aun así, resultaba difícil explicar la matanza de cincuenta por la mitad de ese número. Pero el hecho era que, en una noche de verano, había caído un rayo de los cielos y había sem brado la muerte en la aldea, dejando los cadáveres ho rriblemente mutilados, mordidos y arañados.

Los despavoridos campesinos relacionaron inmedia tamente esta atrocidad con la embrujada mansión Mar tense, aunque los pueblos se encontraban a más de tres millas de distancia. La patrulla de la policía se mostró más escéptica: incluyó la mansión tan sólo rutinaria mente en sus investigaciones, y la descartó por com pleto al encontrarla vacía. Las gentes del campo y de los pueblos, sin embargo, registraron el lugar con minuciosidad; volcaron cuanto encontraron en la casa, sondearon los estanques y las fuentes, registraron los matorrales, y dieron una batida por el bosque de los alrededores. Pero todo fue inútil: la muerte no había dejado otro rastro que la misma destrucción. Al segundo día de investigación, los periódicos co mentaron el caso extensamente, después de invadir los reporteros la Montaña de las Tempestades. La descri bieron con mucho detalle, e incluían numerosas entre vistas que confirmaban la historia de horror que conta ban las viejas de la comarca. Al principio seguí las cró nicas sin mucho entusiasmo, ya que soy experto en esta clase de horrores; pero una semana después, percibí una atmósfera que despertó extrañamente mi interés; de modo que el 5 de agosto de 1921 me inscribí entre los reporteros que abarrotaban el hotel de Lefferts Corners, el pueblo más próximo a la Montaña de las Tempestades, y cuartel general reconocido de los in vestigadores. Tres semanas después, la deserción de los reporteros me dejaba en libertad para empezar una exhaustiva exploración de acuerdo con las pesquisas e informaciones detalladas que había ido recogiendo en tretanto.

Así que esta noche de verano, mientras retumbaba distante la tormenta, dejé el silencioso automóvil, em prendí la marcha con mis dos compañeros armados, y recorrí el último trecho sembrado de montículos, hasta la Montaña de las Tempestades, enfocando la luz de una linterna eléctrica hacia las paredes grises y espec trales que empezaban a asomar entre robles gigantes cos. En esta morbosa soledad de la noche, bajo la ba lanceante iluminación, el enorme edificio cuadrado mostraba oscuros signos dé terror que el día no llegaba a revelar; sin embargo, no experimenté la menor vaci lación, ya que me impulsaba una irrevocable decisión de comprobar cierta teoría. Estaba convencido de que los truenos hacían salir de algún lugar secreto al de monio de la muerte, e iba dispuesto a comprobar si dicho demonio era una entidad corpórea o una pesti lencia vaporosa. Previamente, había inspeccionado a fondo las ruinas; de modo que tenía bien trazado mi plan: eligiría como puesto de observación la vieja habitación de Jan Martense, cuyo asesinato desempeña un importante papel en las leyendas rurales de la región. Intuía vagamente que el aposento de esta antigua víctima era el lugar más indicado para mis propósitos. La habitación, que medi ría unos veinte pies de lado, contenía, al igual que las demás habitaciones, restos de lo que en otro tiempo había sido mobiliario. Estaba en el segundo piso, en el ángulo sudeste del edificio, y tenía un inmenso venta nal orientado hacia el este, y una ventana estrecha que daba al mediodía, ambos vanos desprovistos de crista les y contraventanas. En el lado opuesto al ventanal había una enorme chimenea holandesa -con azulejos que representaban al hijo pródigo, y frente a la ventana estrecha, una gran cama adosada a la pared.

Mientras los amortiguados truenos iban en aumento, dispuse los detalles de mi plan. Primero até en el ante pecho del ventanal, una junto a otra, tres escalas de cuerda que había traído conmigo. Sabía que llegaban a una distancia conveniente respecto de la yerba, ya que las había probado. Luego, entre los tres, entramos arrastrando el armazón de una cama de otra habitación, y lo colocamos de lado contra la ventana. Echamos encima ramas de abeto, y nos dispusimos a descansar, con nuestras automáticas preparadas, descansando dos mientras vigilaba el tercero. Así teníamos asegurada la huida, fuera cual fuese la dirección por la que surgiera el demonio. Si nos atacaba desde el interior de la casa, estaban las escalas del ventanal; si venía del exterior, podíamos salir por la puerta y la escalera. Según lo que sabíamos, no nos perseguiría mucho tiempo, en el peor de los casos.

Llevaba yo vigilando de las doce de la noche a la una cuando, a pesar del ambiente siniestro de la casa, la ventana sin protección y los truenos y relámpagos cada vez más cercanos, me sentí dominado por un sueño invencible. Estaba entre mis dos compañeros: George Bennett se encontraba al lado de la ventana, y William Tobey al de la chimenea. Bennett se había dormido, vencido por la misma anómala somnolencia que sentía yo, de modo que designé a Tobey para la siguiente guardia, a pesar de que cabeceaba. Era extraña la fijeza con que observaba yo la chimenea. La creciente tormenta debió de influir en mis sue ños, pues en el breve rato que me dormí sufrí visiones apocalípticas. Una de las veces casi me desperté, pro bablemente porque el hombre que dormía junto a la ventana había estirado un brazo sobre mi pecho. No me encontraba lo bastante despierto como para com probar si Tobey cumplía su obligación como centinela, aunque sentía un claro desasosiego a este respecto. Nunca había tenido una sensación tan acusadamente opresiva de la presencia del mal. Después, debí de quedarme dormido otra vez, porque mi mente salió de un caos fantasmal, cuando la noche se volvió espantosa, traspasada de chillidos que superaban todas mis expe riencias y delirios anteriores.

En aquellos gritos, el más profundo terror y agonía humanos arañaban desesperada e insensatamente las puertas de ébano del olvido. Desperté para encon trarme ante la roja locura y la burla satánica, mientras reverberaba y se retiraba cada vez más, hacia perspecti vas inconcebibles, aquella angustia fóbica y cristalina. No había luz; pero por el hueco que noté a mi derecha, comprendí que Tobey se había ido, sólo Dios sabía adónde. Sobre mi pecho, aún pesaba el brazo del dur miente de mi izquierda. Luego se produjo un relámpago, el rayo sacudió la montaña entera, iluminó las criptas más oscuras de la añosa arboleda, y desgarró el más viejo de los árboles retorcidos. Ante el fucilazo demoníaco del rayo, el durmiente se incorporó de repente, y en ese instante la claridad que entró por la ventana proyectó su sombra vívidamente contra la chimenea, de la que yo no con seguía apartar los ojos un momento. No comprendo cómo me encuentro vivo todavía, y en mi sano juicio. No me lo explico; porque la sombra que vi en la chimenea no era la de George Bennett, ni de ninguna criatura humana, sino una blasfema anormalidad de los más profundos cráteres del infierno; una abominación indecible e informe que mi mente no llegó a captar por completo, ni hay pluma que la pueda describir. Un segundo después, me encontraba solo en la mansión maldita, temblando, balbuceando. George Bennett y William Tobey habían desaparecido sin dejar rastro, ni siquiera de lucha. Nunca más volvió a saberse de ellos.

II. Un muerto en la tormenta.
Después de aquella espantosa experiencia en la man sión inmersa en la espesura tuve que guardar cama, agotado de los nervios, en el hotel de Lefferts Corners. No recuerdo exactamente cómo me las arreglé para llegar al automóvil, ponerlo en marcha, y regresar se cretamente al pueblo; no conservo conciencia clara de nada, salvo de unos árboles de gigantescos brazos, el fragor demoníaco de los truenos, y sombras caronianas entre los bajos montículos que punteaban y rayaban la región. Mientras temblaba y meditaba sobre lo que proyec taba aquella sombra enloquecedora, comprendí que al fin había vislumbratl o uno de los supremos horrores de la tierra, uno de esos males innominados de los vacíos exteriores cuyos débiles y demoníacos zarpazos oímos a veces en el borde más remoto del espacio, contra los que la piadosa limitación de nuestra vista finita nos tiene misericordiosamente inmunizados. No me atrevía a analizar o identificar la sombra que había percibido. Un ser había permanecido tendido entre la ventana y yo, aquella noche, y me estremecía cada vez que, irre primiblemente, mi conciencia trataba de clasificarlo. Ojalá hubiese gruñido, ladrado o reído entre dientes... al menos eso habría aliviado mi abismal terror. Pero permaneció en silencio. Había dejado descansar un brazo —un miembro en todo caso- pesadamente so bre mi pecho... Por supuesto, era orgánico, o lo había sido... Jan Martense, cuya habitación había invadido yo, estaba enterrado cerca de la mansión... Debía encon trar a Bennett y a Tobey, si aún vivían... ¿Por qué se los había llevado, y me había dejado a mí?... La somno lencia es invencible, y los sueños son espantosos...

Al poco tiempo, comprendí que debía contar mi his toria a alguien; de lo contrario, me desmoronaría com pletamente. Ya había decidido no abandonar la bús queda del horror oculto; porque en mi atolondrada ignorancia, me parecía que esa incertidumbre era peor que el pleno conocimiento, por terrible que este pu diera ser. De modo que decidí en mi fuero interno qué camino seguir, a quién escoger para hacerle partícipe de mis confidencias, y cómo descubrir al ser que había aniquilado a dos hombres, y había proyectado una sombra pesadillesca. A quienes conocía principalmente en Lefferts Cor ners era a los periodistas, algunos de los cuales aún seguían recogiendo los últimos ecos de la tragedia. De cidí escoger como compañero a uno de ellos; y cuanto más lo pensaba, más inclinado me sentía por un tal Arthur Munroe, un hombre moreno y delgado de unos treinta y cinco años, cuya formación, gustos, inteligen cia y temperamento parecían distinguirle como persona que no se sujetaba a las ideas y experimentos conven cionales.
Una tarde de primeros de septiembre, Arthur Mun roe escuchó mi historia. Desde el principio se mostró interesado y comprensivo; y cuando terminé, analizó y abordó la cuestión con gran agudeza y juicio. Su con se jo, además, fue eminentemente práctico, ya que sugi rió que aplazásemos nuestra visita a la mansión Mar-tense hasta haber obtenido más datos históricos y geo gráficos. A sugerencia suya, salimos en busca de datos sobre la terrible familia Martense, y descubrimos a un hombre que poseía un diario maravillosamente ilus trado y ancestral. Hablamos también largamente con aquellos mestizos de la montaña que no habían huido, en el terror y la confusión, a laderas más remotas, y acordamos efectuar, antes de nuestra empresa final, un registro completo y definitivo de los lugares relaciona dos con las distintas tragedias de las leyendas de los colonos.

Los resultados de esta exploración no fueron al prin cipio muy alentadores, aunque una vez clasificados, pa recieron revelar un dato bastante significativo; a saber: que el número de horrores registrados era bastante más elevado en zonas relativamente próximas a la casa, o conectaban con ella mediante franjas de espesura mor bosamente superdesarrollada. Es cierto que había ex cepciones; en efecto, el horror que había llegado a oí dos del mundo había tenido lugar en un espacio pe lado, igualmente distante de la mansión y de cualquier bosque vecino a ella. En cuanto a la naturaleza y aspecto del horror oculto, nada pudimos sacarles a los asustados y estúpidos mo radores de las chozas. Lo mismo decían que era una serpiente como que se trataba de un gigante, un demo nio de los truenos, un murciélago, un buitre, o un árbol que caminaba. Nos pareció fundado suponer, sin em bargo, que se trataba de un organismo vivo enorme mente sensible a las tormentas eléctricas; y aunque al gunas de las historias hablaban de alas, concluimos que su aversión a los espacios abiertos hacía más probable que estuviese dotado de locomoción terrestre. Lo único verdaderamente incompatible con esta hipótesis era la rapidez a la que tal criatura debía desplazarse para cometer todas las fechorías que se le atribuían.

Al tratar más a los colonos, ‘descubrimos que eran extraordinariamente amables en muchos aspectos. Eran simples animales que descendían poco a poco en la escala de la evolución debido a su desafortunada as cendencia y a -su aislamiento embrutecedor. Tenían miedo de los forasteros, pero poco a poco se fueron acostumbrando a nosotros; al final nos ayudaron mu chísimo cuando talamos todos los grupos de árboles y derribamos todos los tabiques de la mansión, en nues tra búsqueda del horror oculto. Cuando les pedimos que nos ayudasen a buscar a Bennett y a Tobey, se mostraron sinceramente afligidos; porque si bien querían ayudarnos, estaban convencidos de que ambas víc timas habían desaparecido de este mundo tan comple tamente como las gentes que ellos habían perdido. Por supuesto, sabíamos perfectamente que había muerto o desaparecido gran número de éstas gentes, así como que los animales salvajes habían sido exterminados ha cía mucho tiempo; y temíamos que ocurrieran nuevas tragedias. A mediados de octubre nos encontrábamos perple jos’ debido a nuestra falta de progresos. Como las no ches eran tranquilas, no se producían agresiones demo níacas de ningún género; y la total carencia de resulta dos en el registro de la casa y del campo casi nos incli naba a atribuir al horror oculto una naturaleza no mate rial. Temíamos que llegara el tiempo frío y nos inte rrumpiera nuestras investigaciones, ya que todos coin cidían en que, en general, el demonio permanecía tran quilo durante el invierno: El caso es que nos dominaba una especie de desesperada premura en la última ins pección diurna de la aldea visitada por el horror; aldea ahora deshabitada, a causa del miedo de los colonos.

La desventurada aldea no tenía nombre siquiera, y estaba enclavada en una hondonada protegida, aunque sin árboles, entre d¿s elevaciones llamadas respectiva mente Cone Mountain y Maple Hill. Se encontraba más cerca de Maple Hill que de Cone Mountain, y algunas de las toscas viviendas eran simples cuevas practicadas en la falda de la primera de las elevaciones. Geográficamente, se encontraba a unas dos millas al noroeste de la Montaña de las Tempestades, y a tres de la mansión rodeada de robles. El espacio entre la aldea y la mansión, unas dos millas y cuarto desde el límite de la aldea, era enteramente campo raso y consistía en una llanura casi horizontal, quitando algunos montícu los de escasa elevación y aspecto sinuoso, y cuya vege tación la constituía casi exclusivamente la yerba y unos cuantos matorrales muy dispersos. Tras estudiar la to pografía de esta zona, concluimos finalmente que el demonio debió de llegar por Cone Mountain, cuya pro longación hacia el sur, cubierta de bosque, llegaba a poca distancia de la estribación más occidental de la Montaña de las Tempestades. Atribuimos de manera concluyente la elevación del terreno a un corrimiento de tierra desde Maple Hill, en cuya ladera destacaba un árbol corpulento y solitario, desgarrado por el rayo que había hecho surgir al demonio.

Después de repasar minuciosamente por vigésima vez o más cada pulgada del devastado pueblo, experi mentamos un desaliento unido a nuevos y vagos temo res. Resultaba muy raro, aun cuando lo extraño y lo espantoso eran cosas corrientes, toparnos con un esce nario tan completamente carente de huellas, después de tan sobrecogedores sucesos; y andábamos bajo un cielo cada vez más oscuro y plomizo, con ese ardor trágico y sin rumbo que es consecuencia a la vez de un sentimiento de futilidad y de necesidad de hacer algo. Ibamos atentos a los más pequeños detalles; entramos nuevamente en cada una de las casas, inspeccionamos otra vez las cuevas, registramos el pie de las laderas adyacentes, entre las zarzas, en busca de madrigueras y cuevas, pero sin resultado. Sin embargo, como digo, sentíamos en torno nuestro un temor vago y entera mente nuevo, como si unos grifos gigantescos y alados nos observaran desde los abismos trans-cósmicos. A medida que avanzaba la tarde, se hacía más difícil distinguir los objetos; y oímos el rumor de una tor menta que se estaba formando sobre la Montaña de las Tempestades. Naturalmente este rumor, producido en semejante lugar, nos animó, aunque no tanto como si hubiese sido de noche; y con esta esperanza abando namos la búsqueda sin rumbo y nos dirigimos a la aldea habitada más próxima, a fin de reunir un grupo de colonos para que nos ayudasen en nuestros registros. Aunque tímidos, algunos de los más jóvenes se sintie ron lo suficientemente inspirados por nuestra protec tora dirección como para prometernos ayuda.

Pero no habíamos hecho más que dar media vuelta, cuando empezó a caer una lluvia tan intensa y torren cial, que no tuvimos más remedio que buscar refugio. La extraña y casi nocturna oscuridad del cielo nos hacía tropezar continuamente; pero guiados por los frecuen tes relámpagos y nuestro detallado conocimiento de la aldea, llegamos en seguida a la última cabaña del lugar, llena de goteras: una combinación heterogénea de troncos y tablas, cuya puerta y ventanuco asomaban hacia Maple Hill. Atrancamos la puerta, contra la furia del viento y de la lluvia, y pusimos el tosco postigo de la ventana que nuestros frecuentes registros nos habían enseñado dónde encontrar. Resultaba lúgubre estar sentados allí, sobre unos cajones desvencijados, en la más absoluta oscuridad, pero encendimos nuestras pi pas y nos alumbramos a veces con las linternas de bolsi llo que llevábamos. De cuando en cuando, veíamos los relámpagos a través de las grietas de la pared; la tarde se estaba volviendo tan oscura que cada relámpago re sultaba tremendamente vívido. Esta tormentosa vigilia me recordó de forma estre mecedora mi horrible noche en la Montaña de las Tempestades. Me volvió al pensamiento aquel extraño interrogante que de forma intermitente me repetía desde entonces, y una vez más me pregunté por qué el demonio, al acercarse a los tres hombres que vigilába mos desde la ventana o desde el exterior, se había llevado a los de los lados, dejando al del centro para el final, en que una gigantesca centella lo había hecho huir. ¿Por qué no había cogido a sus víctimas en un orden natural, y habría sido yo el segundo, cualquiera que fuese la dirección por la que hubiera empezado? ¿Con qué clase de tentáculos los apresó? ¿O sabía que era yo el jefe y decidió reservarme un destino peor que a mis compañeros?

En medio de estas reflexiones, como para intensifi carías dramáticamente, cayó un tremendo rayo cerca de nosotros, al que siguió un ruido de corrimiento de tie rra. Al mismo tiempo, se levantó un viento furioso cuyo aullido fue aumentando de forma demoníaca. Tu vimos la seguridad de que había caído fulminado otro árbol de Maple Hill, y Munroe se levantó del cajón donde estaba sentado y se acercó al ventanuco para comprobar el destrozo. Al quitar el postigo, el viento y la lluvia penetraron aullando de forma ensordecedora, y no pude oír lo que decía; pero esperé, mientras él se asomaba tratando de abarcar el pandemonium. Gradualmente, la calma, el viento y la dispersión de la inusitada oscuridad nos hizo comprender que se ale jaba la tormenta. Yo había esperado que durase hasta la noche, cosa que nos ayudaría en nuestra búsqueda; pero un furtivo rayo de sol que penetró por un agujero de la madera, detrás de mí, disipó mis esperanzas. Le dije a Munroe que era mejor dejar que entrase un poco de luz, aunque cayesen más chaparrones, así que desatranqué la puerta y la abrí. El terreno, afuera, era una extraña extensión de barrizales, charcos y peque ños montículos producidos por el reciente corrimiento de tierra; pero no vi nada que justificase el interés que mantenía a mi compañero asomado a la ventana sin decir nada. Me acerqué a él y le toqué en el hombro; pero no se movió. Luego, al sacudirle en broma y vol verle hacia mí, sentí los zarcillos estranguladores de un horror canceroso cuyas raíces alcanzaban pasados infi nitos y abismos insondables de la noche que late más allá del tiempo.

Arthur Munroe estaba muerto. Y en lo que quedaba de su masticada y perforada cabeza no había ya cara.

III.Qué significaba el resplandor rojo.
En la tormentosa noche del 8 de noviembre de 1921, con una linterna que proyectaba macabras som bras, cavaba yo, solo, como un idiota, en la sepultura de Jan Martense. Había empezado a cavar por la tarde porque se estaba formando una tormenta, y ahora que había oscurecido, y había estallado la tormenta sobre la lujuriante floresta, me sentía contento. Creo que mi mente estaba algo desquiciada a causa de los acontecimientos del 5 de agosto, la sombra de moníaca de la casa, la tensión y desencanto generales, y lo ocurrido en la aldea durante la tormenta de octu bre. Después de aquello, tuve que cavar una sepultura para alguien cuya muerte no acababa de comprender. Sabía que los demás no la entenderían tampoco, de modo que les dejé que creyeran que Arthur Munroe se había extraviado. Le buscaron, pero no encontraron nada. Los colonos sí podían haberlo comprendido, pero no me atreví a asustarles aun más. Me sentía extraña mente insensible. La impresión sufrida en la mansión me había afectado sin duda al cerebro, y no podía pen sar más que en la búsqueda del horror que ahora había alcanzado proporciones gigantescas en mi imaginación; búsqueda que el destino de Arthur Munroe me hacía emprender ahora a solas y en secreto.

Sólo el escenario de mis excavaciones habría bastado para hacer saltar los nervios de un hombre corriente. Unos árboles siniestros y primordiales de impías pro porciones y formas grotescas acechaban por encima de mí como pilares de algún infernal templo druida, al tiempo que amortiguaban los truenos, acallaban los au llidos del viento y frenaban la lluvia. Detrás de los heridos troncos del fondo, iluminados por los débiles resplandores de los filtrados relámpagos, se alzaban las piedras húmedas y cubiertas de hiedra de la deshabi tada mansión, mientras que algo más cerca estaba el abandonado jardín holandés, con los paseos y arriates invadidos por una vegetación blancuzca, fungosa, fétida, hinchada, que jamás había visto yo a la luz del día. Y más cerca aun tenía el cementerio, donde unos árboles deformes agitaban sus ramas insanas, mientras sus raí ces desplazaban las losas impías y succionaban el ve neno de lo que yacía debajo. Aquí y allá, bajo una capa de hojas marrones que se pudrían y supuraban en las oscuridades del bosque antediluviano, podía distinguir el siniestro perfil de esos montículos pequeños que caracterizaban la región acribillada por los rayos. La historia me había guiado a esta arcaica sepultura. Porque era la historia, efectivamente, el único recurso que me quedaba, tras haber terminado todo lo demás en sarcástico satanismo. Ahora estaba convencido de que el horror oculto no era un ser material, sino un espectro con fauces de lobo que cabalgaba sobre los relámpagos de la medianoche. Y creía, por los cientos de tradiciones loca les que Arthur Munroe y yo habíamos desenterrado en nuestras exploraciones, que era el espectro de Jan Martense, muerto en 1762. Y por esa razón cavaba yo ahora, como un idiota en su sepultura.

La mansión Martense había sido edificada en 1670 por Gerrit Martense, acaudalado mercader de Nueva Ams terdam a quien disgustaba el cambio del orden bajo el gobierno británico, y había construido este magnífico edificio en la cima de una boscosa elevación cuyo escena rio solitario y singular era de su agrado. La única contra riedad importante con que tropezó en este paraje fueron las frecuentes tormentas de verano. Cuando eligió este monte para edificar su mansión, mynheer Martense atri buyó las numerosas perturbaciones naturales a las pecu liaridades de aquel año; pero con el tiempo, se dio cuenta de que la región era especialmente propensa a tales fe nómenos. Finalmente, viendo que estas tormentas le afectaban a la cabeza, acondicionó un sótano donde po der protegerse de los más violentos pandemoniums. De los descendientes de Gerrit Martense se sabe me nos que de él mismo, ya que todos fueron educados en el odio a la civilización inglesa, y se les enseñó a no tratar con los colonialistas que la aceptaban. Sus vidas fueron enormemente retiradas, y la gente afirmaba que este aislamiento les volvió torpes de palabra y comprensión. Al parecer, todos estaban marcados por una extraña y hereditaria disimilitud en los ojos: tenían uno azul y el otro castaño. Sus contactos sociales se fueron haciendo cada vez más escasos, hasta que finalmente acabaron casándose con la numerosa clase servil que vivía en sus tierras. Muchas de las familias multitudinarias degenera ron, cruzaron el valle, y fuerón a mezclarse con la pobla ción mestiza que más tarde produciría a los desdichados colonos. Los demás siguieron unidos tercamente a la mansión ancestral, volviéndose cada vez más exclusivis tas y taciturnos, aunque adquiriendo una sensibilidad especial respecto de las frecuentes tormentas.

Casi toda esta información llegó al mundo exterior a través del joven Jan Martense, que movido por una espe cie de inquietud, se alistó en el ejercito colonial, cuando llegó a la Montaña de las Tempestades la noticia de la Convención de Albany. El fue el primero de los descen dientes de Gerrit que vio mundo; y al regresar en 1760, después de seis años de campaña, su padre, sus tíos y sus hermanos le odiaron como a un intruso, a pesar de sus ojos desiguales de Martense. Ya no podía compartir las rarezas y prejuicios de los Martense, ni le excitaron las tormentas de la montaña como antes. En cambio, le deprimía el entornó; y escribía a menudo a su amigo de Albany sobre sus proyectos de abandonar el techo pa terno. En la primavera de 1763, Jonathan Gifford, el amigo de Jan Martense que vivía en Albany, se sintió preocu pado por su silencio; especialmente, por la situación y las peleas que sabía que había en la mansión Martense. Dis puesto a visitar personalmente a Jan, se internó por las montañas a caballo. Su diario constata que llegó a la Montaña de las Tempestades el 20 de septiembre, encon trando la mansión en avanzado estado de decrepitud. Los sombríos Martense de extraños ojos, cuyo aspecto im puro y animal le impresionó sobremanera, le dijeron con acento torpe y gutural que Jan había muerto. Insistieron en que le había matado un rayo el otoño anterior; y ahora estaba enterrado detrás de los hundidos y abandonados jardines. Enseñaron el lugar de la sepultura al visitante, unos palmos de tierra pelada y sin señales. Hubo algo en la actitud de los Martense que despertó en Gifford un sentimiento de repugnancia y recelo; y una semana más tarde regresó con una pala y un pico, dispuesto a abrir la fosa de nuevo. Encontró lo que se había temido: un cráneo cruelmente aplastado como por unos golpes salva jes; de modo que regresó a Albany, y denunció formal mente a los Mar tense de haber asesinado a un miembro de la familia.

No había pruebas legales, pero la noticia se propagó rápidamente por toda la región; y a partir de entonces, el mundo condenó a los Martense al aislamiento. Nadie quiso tratos con ellos, y evitaron su apartada residencia como un lugar maldito. Ellos, por su parte, se las arreglaron para vivir independientemente con el producto de sus tierras, puesto que las luces que ocasionalmente se veían en la casa desde los montes lejanos atestiguaban que aún vivían. Dichas luces se estuvieron viendo hasta 4810; pero hacia el final, se hicieron muy infrecuentes. Entretanto, empezó a correr a propósito de la mansión de la montaña un sin fin de leyendas infernales. El lugar fue doblemente evitado, y dotado de toda clase de histo rias que la tradición fue capaz de proporcionar. Siguió sin ser visitada hasta 1816, en que la prolongada ausencia de luz en ella llamó la atención de los colonos. Una partida de hombres efectuó entonces un reconocimiento, encon trando la casa desierta y parcialmente en ruinas. No descubrieron ningún esqueleto, así que supusieron que se habían marchado. Al parecer, el clan se había ido hacia varios años, y los improvisados cobertizos revela ban lo numerosos que eran, antes de su emigración. Su nivel cultural había descendido muchísimo, como pro baba el deterioro del mobiliario y la vajilla de plata espar cida, sin duda abandonada mucho antes de que sus pro pietarios se marcharan; Pero aunque los temidos Mar-tense se habían ido, la encantada casa continuó causando temor; temor que se intensificó cuando nuevos y extra ños rumores vinieron a inquietar a los decadentes mon tañeses. Allí siguió, desierta, temida, y vinculada al es pectro vengativo de Jan Martense. Y allí seguía aún, la noche en que cavaba yo en la sepultura dejan Martense.

He calificado de idiota mi prolongado cavar, y así era, efectivamente, por su objeto y su método. No tardé en desenterrar el ataúd dejan Marte nse —que ahora ya sólo contenía polvo y salitre-; pero en mis ansias furiosas por exhumar su fantasma, seguí cavando terca, irracional mente más abajo de donde había reposado. Sabe Dios qué era lo que yo esperaba encontrar... Yo sólo tenía conciencia de que cavaba en la sepultura de un hombre cuyo espectro acechaba por la noche. Me es imposible decir qué monstruosa profundidad había alcanzado cuando mi pala, y mis pies a continua ción, hundieron el suelo que tenía debajo. Dadas las circunstancias, la impresión fue tremenda; porque la existencia de un espacio subterráneo aquí suponía una terrible confirmación de mis locas teorías. Mi ligera caída me apagó el farol; pero saqué una linterna de bolsillo y -descubrí un pequeño túnel horizontal que se internaba profundamente en ambas direcciones. Era lo bastante amplio como para poderse arrastrar por él un hombre; y aunque nadie en su sano juicio habría intentado meterse por allí en ese momento, me olvidé del peligro, la sensa tez y la limpieza, en mi empeño por desenterrar el horror oculto. Escogiendo la dirección hacia la casa, me intro duje temerariamente a rastras por la estrecha madri guera, reptando a ciegas, de prisa, y alumbrándome de tarde en tarde con la linterna que enfocaba delante de mí.

¿Qué palabras podrían describir el espectáculo de un hombre perdido en el interior de la tierra infinitamente abismal, manoteando y retorciéndose sin aliento, avan zando insensatamente por profundas circunvoluciones de negrura inmemorial, sin una noción clara de tiempo, seguridad, dirección ni objetivo? Hay algo espantoso en todo ello, pero eso es lo que hice. Me arrastré de ese modo durante tanto tiempo que la vida llegó a parecerme un recuerdo remoto, y me identifiqué con los topos y larvas de las tenebrosas profundidades. En efecto, fue una casualidad que, tras interminables contorsiones, se encendiese mi olvidada linterna al sacudirla, iluminando espectralmente la larga madriguera de barro endurecido que describía una curva delante de mi. Había seguido avanzando de este modo durante un rato, y estaba la pila de la linterna casi agotada, cuando el pasadizo inició una súbita y pronunciada cuesta arriba que me obligó a modificar mis movimientos para avanzar. Y al levantar la vista,, sin previo aviso, vi brillar a lo lejos dos reflejos demoníacos de mi agonizante luz; dos reflejos candentes de funesto e inequívoco res plandor que agitaron en mi memoria recuerdos brumo sos y enloquecedores. Me detuve automáticamente, aunque sin voluntad para retroceder. Los ojos se acer caban, aunque sólo pude distinguir una garra del ser al que pertenecían. ¡Pero qué garra! Luego, muy arriba, sonó débilmente un estampido que reconocí. Era el trueno violento de la montaña que estallaba con histé rica furia... Sin duda, llevaba un rato reptando hacia arriba, ya que ahora tenía la superficie bastante cerca. Y mientras estallaban los truenos amortiguados, aque llos ojos seguían mirando fijamente con perversidad.

Gracias a Dios, no supe entonces lo que era; de lo contrario, no habría sobrevivido. Pero me salvó el mismo trueno que ló había invocado; porque tras una mortal espera, reventó en el cielo uno de esos frecuen tes estampidos de la montaña cuyas huellas había ob servado yo aquí y allá, en forma de heridas de tierra removida y fulguritas de diversas dimensiones. Con fu ria ciclópea, se enterró, retorciéndose en la tierra, por encima de aquel detestable pozo, cegándome y ensor deciéndome, aunque no llegó a hacerme perder el co nocimiento. Seguí arañando y avanzando desesperadamente en el caos de tierra que caía y se deslizaba, hasta que la lluvia que me mojaba la cabeza me serenó, y vi que había llegado a la superficie de un lugar familiar: una zona en pendiente y sin árboles, en la ladera sur de la montaña. Los constantes relámpagos iluminaban y sacudían el te rreno revuelto y los restos del curioso montículo que descendía de la parte superior y boscosa de la ladera; sin embargo, no había nada en todo aquel caos que indicase por dónde! había salido yo de la fatal cata cumba. Mi cerebro era un caos tan grande como la tierra; y cuando un rojo resplandor, a lo lejos, iluminó el paisaje por el sur, apenas tuve conciencia del horror que acababa de soportar. Pero, cuándo dos días después los colonos me dije ron qué significaba aquel resplandor rojo, mi horror fue más grande que el que me había producido la zarpa y los ojos de la embarrada madriguera. En una aldea a veinte millas de distancia, había tenido lugar una orgía de terror a continuación del rayo que me había permi tido a mí salir de la tierra, y un ser indescriptible se había precipitado desde un árbol a una choza de frágil tejado. Había cometido una atrocidad; pero los colonos habían prendido fuego a la choza frenéticamente, antes de que aquel ser pudiese escapar. Había cometido el estrago en el mismo instante en que la tierra se desplomó sobre la entidad de la garra y los ojos.

IV. El horror en los ojos.
Nada puede haber normal en la mente del que, sa biendo lo que yo sabía sobre los horrores de la Mon taña de las Tempestades, va a solas en busca del terror que se ocultaba en dicho lugar. Era muy débil garantía de seguridad fisica y mental, en este Aqueronte de demonismo multiforme, el hecho de que al menos dos de estas encarnaciones del terror hubiesen perecido; sin embargo, proseguí mi búsqueda con celo cada vez mayor, a medida que los sucesos y las revelaciones se hacían más monstruosas. Cuando, dos días después de mi espantosa explora ción de la cripta de los ojos y la garra, me enteré de que un ser maligno había sobrevolado la aldea, a veinte millas de distancia, en el mismo instante en que los ojos se fijaban en mi, experimenté una auténtica con vulsión de terror. Pero este terror estaba tan mezclado con una sensación grotesca y fascinada, que casi me resultó placentero. A veces, en las angustias de esas pesadillas en las que fuerzas invisibles se le llevan a uno, por encima de los tejados de extrañas ciudades muertas, hacia el abismo burlesco de Nis, es un alivio, incluso un placer, gritar salvajemente y arrojarse volun tariamente, en medio del espantoso vórtice de onírica condenación, al primer abismo sin fondo que encuen tra. Y eso es lo que ocurrió, con la pesadilla ambulante de la Montaña de las Tempestades; el descubrimiento de que los monstruos habían estado ocultos en dicho lugar me produjo finalmente unas ansias locas de zam bullirme en la tierra de esa región maldita, cavar con las manos desnudas y sacar a la muerte que acechaba en cada pulgada del suelo ponzoñoso.

En cuanto pude, fui a la tumba de Jan Martense y cavé en vano donde había cavado antes. Un despren dimiento de tierra había borrado sin duda toda huella del pasadizo subterráneo, y la lluvia había cegado de tal modo la excavación que no me fue posible averiguar hasta dónde había ahondado el día anterior. Emprendí también una penosa caminata a la aldea donde había ardido la devastadora criatura, aunque encontré poca compensación a mi esfuerzo. En las cenizas de la desdi chada choza descubrí varios huesos; pero evidente mente, ninguno pertenecía al monstruo. Los colonos dijeron que sólo había habido una víctima; pero esto me pareció una imprecisión, ya que además de un crá neo humano completo, encontré un fragmento óseo que parecía ser de otro cráneo en algún tiempo hu mano. Y aunque habían visto la rápida caída del mons truo, nadie fue capaz de describirme el aspecto de di cha criatura; quienes presenciaron el suceso decían simplemente que era un demonio. Examiné el gran ár bol donde se había posado, pero no vi huellas de nin guna clase. Traté de buscar algún rastro en la espesura del bosque, pero en esta ocasión no pude soportar la visión de aquellos troncos morbosamente grandes, ni de aquellas raíces que, como serpientes gigantescas, se retorcían perversamente antes de hundirse en la tierra.

Mi siguiente paso fue estudiar de nuevo con cuidado microscópico la aldea deshabitada que con más fre cuencia había visitado la muerte, y donde Arthur Mun roe había visto algo que no pudo contar. Aunque mis estériles inspecciones anteriores habían sido extraordi nariamente meticulosas, ahora teñía nuevos datos que comprobar; pues la macabra excavación de la fosa me había convencido de que al menos en una de sus fases, Ja monstruosidad había-sido una criatura del subsuelo. Esta vez, el 14 de noviembre, concentré mi búsqueda especialmente en las laderas de Cone Mountain y Maple Hill, que dominaban la desventurada aldea, prestando especial atención a la tierra desprendida del corrimiento que presentaba esta última elevación. Durante el registro de la tarde no saqué nada en claro; y empezaba a oscurecer cuando me encontraba en lo alto de Maple Hill contemplando la aldea, y la Montaña de las Tempestades, al otro lado del valle. Había habido una espléndida puesta de sol, y ahora salía la luna, casi llena, derramando su resplandor pla teado sobre el llano, la ladera distante de la montaña, y los extraños montículos que se levantaban aquí y allá. Era un paisaje pacífico y arcaico; pero consciente de lo que se ocultaba en él, lo odié. Odié la luna burlona, el llano hipócrita, la montaña supurante, y aquellos mon tículos siniestros. Todo me parecía corrompido por un contagio abominable, e inspirado por una alianza no civa con poderes ocultos y anormales.

Luego, mientras contemplaba abstraído el panorama bañado por la luna, me llamaron la atención la singular disposición de determinados elementos topográficos de naturaleza. Aunque carecía de conocimientos sólidos de geología, me había sentido interesado desde el prin cipio por las lomas y los extraños montículos de la región. Había observado que estaban diseminados por una zona bastante extensa alrededor de la Montaña de las Tempestades, aunque eran menos abundantes en la llanura que en la cumbre de dicha elevación, donde las prehistóricas glaciaciones encontraron sin duda menos resistencias a sus sorprendentes y fantásticos caprichos. Ahora, a la luz de aquella luna baja que proyectaba alargadas sombras espectrales, me di cuenta con gran sorpresa que los diversos puntos y líneas del conjunto de montículos guardaban una extraña relación con la cima de la Montaña de las Tempestades. Dicha cima era indudablemente el centro del que partían de ma nera indefinida e irregular las líneas o filas de puntos, como si la impía mansión Martense hubiese extendido unos tentáculos visibles de terror. La idea de semejan tes tentáculos me produjo un inexplicable estremeci miento, y dejé de analizar mis motivos para creer que estos montículos fueran fenómenos glaciares. Cuanto más lo pensaba, menos creía que fuesen tal cosa; y ante mi mente recientemente iluminada comen zaron a surgir grotescas y horribles analogías basadas en aspectos superficiales y en mi experiencia bajo tierra. Antes de que me diese cuenta, había empezado a bal bucear palabras frenéticas e incoherentes, hablando conmigo mismo: «¡Dios mio!... Son toperas... ese con denado lugar debe de ser una colmena... cuantos... aquella noche en la mansión... cogieron a Bennett y a Tobey primero.., desde cada lado de donde estába mos. . . » Luego empecé a cavar frenéticamente en el montículo que tenía más cerca; cavé con desesperación, temblando, pero casi alborozado; cavé, y por último proferí un grito con insensata emoción, al descubrir un túnel o madriguera exactamente igual al que había ex plorado aquella noche demoníaca.

Después, recuerdo que eché a correr con la pala en la mano; fue una carrera horrible por el campo lleno de montículos iluminados por la luna y los escarpados precipicios cubiertos de bosque de las laderas; saltaba, gritaba y jadeaba, corriendo hacia la terrible mansión Martense. Recuerdo que cavé insensatamente por todo el sótano invadido de zarzas; cavé tratando de descu brir el núcleo y el centro del maligno universo de mon tículos. Y recuerdo también cómo me reí al dar con el pasadizo: el agujero que había en la base de la vieja chimenea, donde crecía la espesa maleza y arrojaba ex trañas sombras a la luz de la única vela que casualmente llevaba encima. No sabía aún qué se ocultaba en aque lla colmena infernal, en espera de que un trueno lo despertara. Habían muerto ya dos entidades; tal vez no quedaban más. Pero aún sentía en mí la ardiente de terminación de llegar hasta el más recóndito secreto del terror, que de nuevo me parecía definido, material y orgánico. Mi indecisión entre inspeccionar el pasadizo inme diatamente, solo, con mi linterna de bolsillo, o tratar de reunir un grupo de colonos para efectuar el registro, fue interrumpida un momento después por una súbita ráfaga de viento que me apagó la vela y me dejó com pletamente a oscuras. La luna había dejado de filtrar su resplandor a través de las grietas y aberturas que tema encima de mí, y con una sensación de alarma presagiosa oí que se aproximaba el rumor siniestro y significativo de una tormenta. Una confusa asociación de ideas se apoderó de mi cerebro, impulsándome a retroceder a tientas hacia el rincón más alejado del sótano. Mis ojos, sin embargo, no se apartaron un solo instante de la horrible abertura abierta en la base de la chimenea; y empecé a distinguir vagamente los ladrillos y la maleza, a medida que los lejanos relámpagos lograban traspasar la espesura exterior y filtrarse por las grietas de lo alto de las paredes. Cada segundo sentía que me consumía una mezcla de miedo y de curiosidad. ¿Qué haría surgir la tormenta... o quizá no quedaba nada ya que pudiese surgir? Guiado por el resplandor de un relámpago, me aposté tras un espeso matorral desde el que podía ver la abertura sin delatar mi presencia.

Si el cielo es misericordioso, algún día borrará de mi conciencia la escena que presencié y me dejará vivir mis últimos años en paz. Ahora ya no puedo dormir por la noche, y tengo que tomar narcóticos cuando truena. Aquello salió de pronto, inesperadamente; sur gió un demonio, escabulléndose como una rata de los abismos profundos e inimaginables, un jadeo infernal y un gruñido ahogado; luego, del agujero de la chimenea irrumpió una vida multitudinaria y leprosa, un flujo nauseabundo, engendro nocturno de orgánica corrup ción, más devastadoramente horrenda que los más ne gros conjuros de la locura y la morbosidad mortal. Bu llía, hervía, se elevaba, borboteaba como una baba de serpientes, se contorsionaba al emerger del boquete, extendiéndose como un contagio séptico, manando del sótano hacia todas las salidas... desbordándose por el bosque maldito y tenebroso para derramar en él el pavor, la locura y la muerte. Sólo Dios sabe cuántos eran... miles quizá. Resultaba espantoso verlos brotar en esas cantidades a la luz in termitente de }os relámpagos. Cuando empezaron a disminuir lo suficiente como para poderlos distinguir como organismos separados, vi que eran como demo nios o simios deformes, enanos y peludos; caricaturas monstruosas y diabólicas de la tribu de los monos. Eran espantosamente mudos; apenas se oyó un chillido cuando uno de los rezagados se volvió con la habilidad de una larga práctica, sació su hambre en un compa ñero más débil. Los demás se abalanzaron sobre los restos y los devoraron con babeante fruición. Acto se guido, a pesar de mi aturdimiento, efecto dé mi repug nancia y mi pavor, triunfó mi morbosa curiosidad; y cuando la última de las monstruosidades surgió visco samente de aquel mundo inferior de desconocida pesa dilla, saqué mi pistola automática y disparé, camuflando el estampido con los truenos.

Estridentes, escurridizas sombras torrenciales de vis cosa locura persiguiéndose por los interminables y san grientos corredores de cielo púrpura y fulgurante... fan tasmas informes y mutaciones calidoscópicas de un es cenario macabro y recordado; bosques de robles mons truosos e hinchados cuyas raíces se retuercen como culebras y succionan el jugo abominable de una tierra hirviente de demonios caníbales; tentáculos que emer gen a tientas de subterráneos núcleos, dotados de poli posa perversión... insanos relámpagos por encima de muros infernales cubiertos por una hiedra maligna y arcadas demoníacas ahogadas por una, vegetación fun gosa... Bendito sea el cielo por haberme concedido el instinto que me guió inconsciente a lugares donde habi tan los hombres: el pueblo pacífico que dormía bajo las plácidas estrellas de claros cielos. Al cabo de una semana me había recobrado lo bas tante como para pedir de Albany una partida de hom bres para que dinamitaran la mansión Martense y la Cima entera de la Montaña de las Tempestades, cegaran todas las madrigueras y talaran determinados árboles hinchados cuya mera existencia representaba un insulto a la cordura. Después de todo este trabajo, conseguí dormir un poco, aunque jamás me llegará el verdadero descanso mientras recuerde el abominable secreto del horror oculto., Me seguirá obsesionando; porque, ¿quién sabe si ha sido completa la exterminación, y si no existirán fenómenos análogos en el resto del mundo? ¿Quién, sabiendo lo que yo sé, puede pensar en las cavernas desconocidas de la tierra sin sufrir es pantosas pesadillas ante las futuras posibilidades? No puedo asomarme a un pozo ni a una entrada de metro sin estremecerme... ¿por qué no me da el doctor algo que me haga dormir, o me calme de veras el cerebro cuando truena?

Lo que vi al resplandor de los relámpagos, tras dispa rarle al ser indescriptible, fue tan simple que casi trans currió un minuto, antes de darme cuenta y caer en un estado de delirio. Era un ser nauseabundo, un gorila blancuzco e inmundo, de colmillos afilados y amarillen tos y pelo enmarañado; el último producto de la dege neración mamífera; el resultado espantoso del aisla miento, la multiplicación y la alimentación caníbal en la superficie y en el subsuelo; la encarnación de todo lo que gruñe, de todo lo caótico que acecha temeroso detrás de la vida. Me había mirado al morir, y vi en sus ojos la misma extraña calidad de aquellos otros ojos que me habían mirado en el subsuelo, removiendo en mi interior brumosos recuerdos. Uno de los ojos era azul, y el otro castaño. Eran los ojos disimilares que la vieja leyenda atribuía a los Martense. Y en un asfi xiante cataclismo de inexpresable horror, comprendí qué había sido de la desaparecida familia; la terrible casa de los Martense, enloquecida por las tormentas.

Fuente: El espejo gótico

lunes, octubre 24, 2011

El Castigo de Mauricio Vallejo Márquez

En exclusiva, para Biblioteca de Alejandría, mi amigo y mentor en Literatura, me ha autorizado para transcribir su cuento aquí, para el especial de Halloween, a ver que les parece...

Esta historia pertenece a la colección "Cuentos de Ocio".

Nota: Muchas gracias a Mauricio Vallejo Márquez por la autorización.


El castigo



Nunca había conocido la morgue, ni nada parecido. En cuestiones de la muerte se podía decir que era virgen. Pero la noche del sábado tuvo que abrazarse fuerte a si mismo cuando descubrió que estaba rodeado de muertos. Bajando la mirada se dio cuenta que sólo sus ojos le respondían y que el resto estaba inerte. Confundido se percató de que no estaba muerto, pero no entendía por qué estaba en ese salón. En ese momento entró el padre Tobías y le dijo: "Creo que ya aprendiste tu lección Alberto, te vamos a inyectar nuevamente para que vuelvas a tus oficios y no pienses más en ese pecado".

Nota: Imagen representativa...

Blog del autor

¡Un saludo!

domingo, octubre 23, 2011

La gallina degollada (Horacio Quiroga)

Este cuento me deja una sensación, en verdad extraña... no sabría explicarla.



Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir...

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?...

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Fuente: Ciudad Seva

sábado, octubre 22, 2011

La carreta chillona (Leyenda de El Salvador)

Y ahora, les presento una leyenda, que es nativa de mi amado país, espero la lean, les guste... y opinen.



Lo que voy a contar, lo contó un señor hace años. A el también se lo contaron. Me dijo que sus abuelos. Total es una historia vieja.
Dicen esto paso en el tiempo que todavía vivían muchos indígenas y habían de esos que habían venido de España acompañando a los que les llamaban conquistadores, casi todos estos españoles venían porque no les iba muy bien en su país y pensaban que en estas tierras les iba mejor. Así fue como llego aquí uno que primero le decían Terencio Pérez paro que después –dicen que dijo- se llamaba Don Terencio Pérez de la Trocadera.

Si mal no recuerdo había nacido en un pleblecito perdido en las montañas de España. Cuentan que como no era rudo había aprendido a leer y a escribir, gracias a la caridad y a la paciencia de Fray Antolín Oviedo, un curita que visitaba aquel lugar. Al ver al cipote tan listo se propuso enseñarle lo que sabia. Hasta trató de convencerlo de que se hiciera cura, pero no pudo.

-Mirá Terencio le decía –has tenido suerte de que no sos rudo y de que yo he podido enseñarte. Agradécele a Dios, tu padre, y no olvides que lo que aprendas lo tenés que usar para ayudarle a la gente. No te olvides de estos consejos.

-Sí señor cura- le decía Terencio.

Pero la verdad que los consejos del cura por un oído le entraban y por otro le salían. Así se paso el tiempo hasta que Fray Antolín se murió.
Terencio se fue a otro pueblo grande donde vivían un conocido del cura que era de esos que tienen farmacia y que le recetan a uno. Allí se detuvo, se fijaba en las preparaciones del boticario y cada vez que llegaba algún enfermo o algún herido, allí estaba Terencio más por aprender que por ayudar a su patrón.

Un día pasaron por el pueblo unas gentes. Se quedaron una noche. Contaron que iban a agarrar barco que los iba a llevar la otro lado del mar donde habían sabido que se vivía mejor.

¡Hoy es cuando¡- penso- y como era abusado se acerco donde estaban platicando:

- Dispensen sus mercedes –estoy oyendo que van lejos. Llevan niños. Puede que necesiten de alguien que los atienda se enferman. Yo los puedo acompañar les dijo.
¡Hombre¡- le dijo uno de los viajeros -¿Que quisiéramos nosotros que llevar alguien que nos atienda¡?…. pero no tenemos con que pagarle.
- Con lo del viaje me doy por pagado y por agradecido dijo Terencio.
Así el astuto de Terencio se vino para acá¡ Mejor no se hubiera venido¡ Y un día apareció en San Salvador. Aquí nadie lo conocía les dijo a todos que era médico, algo había aprendido del boticario… medio los enredó con palabras raras y ¡Hasta el nombre se cambio el pícaro¡ Se fijo que la gente importante tenía nombre largos como Don Hernán de la Vega o Don Orudencio Fernández del Valle…entonces invento que se llamaba Don Terencio Pérez de la Trocadera. ¿ Cuál Trocadera ? A saber … ¡ Y de veras que tuvo suerte¡ porque recién llegado llevaron a un par de enfermos que con poco tuvieron para curarse.
Entonces Terencio, que ya les dije. Que no era rudo o sea apangado ¿vea? Comenzó de arriba a abajo curando a uno por aquí y otro por allá. Dicen que si morían decía que era la voluntad de Dios; si quedaban vivos estaba pendiente de que siempre le agradecieran con algún regalito que podía ser desde una gallinita hasta bastante pisto, siempre tenían que darle algo. Así fue como Terencio se fue asiendo rico.
¡Bien astuto era el Terencio¡ Un día por quedar bien con un encomendero, un tal Don Francisco, le curo un indígena de unas calenturas. Juan Tepa dicen que se llamaba. Con eso, sin quererlo Terencio se sacó la lotería porque el indígena agradecido lo recibió en su casa, ofreció amistad y le contó cosas de su vida y de sus costumbres.
Terencio se hacía que lo escuchaba – igual con el curita que le había enseñado a leer- pero la verdad es que no le importaba nada. Lo que le gustaba era que el indígena le daba una bebida dulce y sabrosa que le agradaba el corazón.
Resulta que un día, en estas pláticas Juan le hablo que antes que los españoles llegaran ellos tenían médicos.
- Ahora los visitamos a escondidas porque es peligroso. Los ancianos le enseñan a los jóvenes todo lo que saben por eso es que todavía tenemos quien nos ayude en nuestras desgracias.
Eso si le intereso a Terencio.
- Mirá Juan- hay cuando tengas un ratito me llevas a conocerlos. Quisiera platicar con ellos. Juan, que estaba tan agradecido, lo llevó y lo vieron tan humilde -¡ se hacia el pícaro¡- le fueron teniendo confianza y contándole de sus medicinas. Y el abusado apuntaba y apuntaba. Por supuesto que todas estas averiguaciones las hacía a escondidas de los españoles para que no se dieran cuenta de que tenía amistad con los indígenas.
Y empezó a usar éstos remedios sin que los españoles supieran ¿ vea ? Y como los enredaba con los puños de palabras raras que usaba…¡todos bien contentos¡. ¡ Puño de pisto dicen que les cobraba¡.
Ocupado que estaba que ya ni se acordaba del indígena Juan Tepa.
Un día cuando estaba platicando con unos amigos llegó el indígena a buscarlo.
Don Terencio – le dijo – por favor venga a mi casa. La Menche está mala y no hallo quien la cure. ¡ se revuelca de los dolores¡
¿ A buen ….y este? – dijo uno de los que estaban con Terencio – y este indio atrevido? ¿Qué no es aquel que curaste a Don Francisco el encomendero?
- Sí. No se que anda haciendo por aquí.
- Pero Don Terencio…ayúdeme por favor. Se me muere la Menche.
- Ándate de aquí indio confianzudo y busca quien te la cure entre los tuyos y le dio una gran patada.
Después a Terencio le entro miedo de que sus amigos pensarán que el tenía algo con los indios que descubrieran de dónde venían sus remedios. Entonces el mal agradecido se fue a buscar a uno de los curas más importantes.
- Su reverencia, déme su bendición – dicen que le dijo. Soy un cristiano fervoroso y he visto cosas que me preocupan.
¿Cuál es tu aflicción hijo mío? Le dijo el cura.

-¡ Ay su reverendísima ¡lo que voy a contar es terrible pero debo hacerlo. Como su mercé sabe, el trabajo de médico me obliga a ir a diferentes lugares. Fíjese que me he dado cuenta que muchos o casi todos los indios que han sido bautizados y se preparan recibiendo doctrina visitan curanderos que los engañan con sus trabajitos de brujería.
-¿Estas seguro de lo que decís hijo? Mira que es una acusación terrible y de ser cierta todos esos que voz decís que son curanderos penan de la vida.

Con todo el dolor de mi corazón su reverencia, yo Terencio Pérez de la Trocadera le aseguro que es cierto – le mintió el pícaro. Puedo decir quiénes son.
¿ Y Terencio? Como si nada. Contento como ya se sentía tranquilo que nadie sabía nada?…Con más ganas ocupaba el atrevido todos los remedios de los indígenas y como eran buenos ¿vea?….más pistudo se iba haciendo. (mas dinero)
¿ Y los indígenas? ¡Por puños se morían¡. ¡ Les había caído enfermedades¡ unas que dicen que los españoles habían traído y otras ya las padecían. Como no había nadie que los curara…y Don Terencio Pérez de la Trocadera ni los volteaba a ver.
La cosa se puso peor con una peste que cayó. Esa no respetó a nadie. Y siguieron las muertes. Don Terencio atendía a la gente importante y a la pudiera pagarle. Los demás se morían y los enterraban juntos en unos grandes zanjones que hacían.
Cuando la gente se terminó los que quedaron vivos celebraron una misa solemne de Acción de Gracias. Fue misa cantada. Cuando acabó, todos fueron a comer tamales. Allí les agarro la noche. Don Terencio no podía faltar. Hasta lloroso dicen que lo vieron en la misa haciéndose el triste por los muertos.
Ya bien comido, Terencio se despidió y se fue a su casa que estaba alejada del pueblo. Como ya se había hecho rico¡…hasta de casa había cambiado. No bien había salido del pueblo cuando sintió que alguien lo estaba espiando. Como que venían siguiendo.
-¡Ah no¡- dijo Terencio- Quien quiera que sea ¡ que salga para que pueda verlo¡ de cara a cara me dice lo que quiere¡
¡Y nada¡¡¡…Puro silencio. Ni luna había para ver si alguien andaba por ahí.
Mmmm…mejor me apuro – pensó, ya algo asustado. Sólo me queda media legua para llegar. Y camino algo troteadito. No bien había andado cuando…¡otra vez¡¡¡.
¡ Por todos los poderes¡ - grito ¡ ordeno que salgas y me digas quien sos y que queres¡
No bien había gritado cuando una luz cayo encima y lo dejó casi ciego y atontado. Nada miraba. Solo oyó una voz que dijo.
- Aja, Terencio Pérez ¿ Como estás? Ya no te pareces a aquel del pueblo. Veo que te ha ido bien.
-¿ Quien me habla? – dijo Terencio- usted me ha confundido con otro Terencio. Yo soy el médico Terencio Pérez de la Trocadera. Todo los de por aquí me conocen.
- Eso lo sé – le dijo la voz. Te conocen los pobres y los ricos; los vivos y los muertos, Terencio Pérez- le dijo. Y te conozco yo, que te enseñe todo lo que puedes cuando estabas chiquito.
¡Ay dios ¡- dijo Terencio. Si es el finado Fray Antolín.
¡Ay Terencio, Terencio¡ de balde fueron todos los consejos que te dí. Me acuerdo que no te quisiste hacer cura me prometiste que siempre ibas a ser un hombre bueno y que ibas a ayudar al necesitado.
¡Pero si soy bueno- dijo Terencio- curo a la gente y siempre estro si alguien me llama¡¡¡
- Estas seguro Terencio¡ dijo es espanto o se un aire que se oye pero no se ve. ¿Y que pasó con Juan Tepa y los otros indios que mandaste a matar? ¿ y los indios y españoles pobres que murieron con la peste? ¿ A esos también les ayudaste? ¡ A mi no me engañas¡. Todo lo he visto. Tuviste todo para ser feliz y para hacer felices a otros, pero has sido muy ambicioso.
¡Perdón ¡ perdón¡ Fray Antolín – dicen que decía Terencio. Pero el espanto no le hizo caso.
- No Terencio- le dijo- ya no hay perdones que valgan. Se llegó la hora de dar cuentas. Ya no vas a poder vivir en paz.¡ Seguime¡ - le ordenó- y lo llevo a un gran zanjón. ¿Ves lo que hay allí? Son los huesos de todos los que se murieron por tu culpa. Con esos huesos vas a hacer una carreta. Empezá ya¡ Y el Terencio con un gran miedo pero bien obediente se puso a armar la carreta con los huesos. Cuando la tuvo el espanto le dijo.
¡Hoy si, se te llegó la hora¡ desde este momento ya no sos de este mundo. Vos no lo sentís pero ya estas muerto y no vas a tener paz. Tu castigo va a ser andar de arriba a abajo con esta carreta recogiendo los huesos de todos los que han muerto por voz.
Te va a tocar andar buscando un cementerio donde darles sepultura.
¡ No creas que sos el único ¡…hay muchos como voz penando en otros lados. Recogiendo los huesos de los que en vida hicieron sufrir y buscando cementerios donde enterrarlos.
De nada le sirvió a Terencio toda su riqueza, nada detuvo su castigo. Nunca más lo volvieron a ver…
Y esta es la historia de la carreta bruja o chillona. La oyen en muchos lados. Siempre a media noche. Es que son muchos los que andan penando sus maldades. Son espantos o aires malignos.
Dicen que va de retroceso, que no lleva bueyes y que cuando pasa se siente que truena la tierra y se oyen ruidos de cadenas. Quizás son los huesos que chocan unos con otros. Pues si, son cosas funestas ¿vea? ¡ la verdad es que como es una aire…¡ solo se oye y no se ve. A saber, ahí averíguenlo ustedes.

Fuente: Foro de Univisión

¡Llegamos a los 100 seguidores!



Muchísimas gracias a todos los que hicieron posible esto. ¡Jamás creímos llegar a tantos seguidores en tan poco tiempo! (Sobre todo, porque el inicio fue duro).

Muchísimas gracias...

En nombre del Equipo Biblioteca de Alejandría.

Firma,


Ligeia: Edgar Allan Poe.

Disculpen, por favor, que falte a la Noche de Halloween, ayer. Pero de verdad, creí que había puesto un cuento.

Así que, hoy, la cuarta noche, habrá duplex. Les dejo el cuento que debió haber sido el de ayer, es uno que me gusta mucho, en verdad.


Ligeia (Edgar Allan Poe)



Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.
-Joseph Glanvill

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada? Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.

Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro. Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo de extraño en las proporciones." No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, "exquisita" y percibía mucho de "extraño" en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo "extraño". Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable -¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: "cabellera de jacinto". Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas. Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes -en los momentos de intensa excitación- se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza -quizá la veía así mi imaginación ferviente- era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo "extraño" que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por sondearla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.

No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho -nunca, creo, mencionado por las escuelas- de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas. Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento. Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: "Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.

He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención! Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo -cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos- esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!

¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael. Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir.

La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:

¡Vedla! ¡Es noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con sus velos, en lágrimas bañados,
son público de un teatro que contempla
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta, indefinida,
la música sin fin de las esferas.

Imágenes del Dios que está en lo alto,
allí los mimos gruñen y mascullan,
corren aquí y allá; y los apremian
vastas cosas informes
que el escenario alteran de continuo,
vertiendo de sus alas desplegadas,
un invisible, largo Sufrimiento.

¡Este múltiple drama ya jamás,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza,
en un círculo siempre de retorno
al lugar primitivo,
y mucho de Locura, y más Pecado,
y más Horror -el alma de la intriga.

¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto
una forma reptante se insinúa!
¡Roja como la sangre se retuerce
en la escena desnuda!
¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos
los mimos son su presa,
y sus fauces destilan sangre humana,
y los ángeles lloran.

¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.
-¡Oh, Dios! -gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: "El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".

Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales. Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales. Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules.

No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara -yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia- y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los objetos. En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semigótico, semidruídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores.

Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura -al punto de ser desproporcionados-, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana. Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en periodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto.

Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado -ah, ¿era posible que fuese para siempre?- en la tierra.

Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto semisueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma. Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico -el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos-, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo.

Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir. El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra. Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí. Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.

Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho. Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena.

Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba despierto. Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos. Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi -claramente- temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo. Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba.

Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir.

La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte. Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osadamente, palpablemente, hasta el centro del aposento.

No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba? El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas -con rosas como en la plenitud de su vida-, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí. "¡En esto, por lo menos -grité-, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de LIGEIA!"

FIN

¡Que lo disfruten...!

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